miércoles, 5 de marzo de 2014

Proemio


Basta con 1) un par de ojos (o apenas un ojo), 2) una carta celeste y 3) un sitio accesible donde poder instalarse con frecuencia, que puede ser un mero balcón, una azotea, una terraza, un tejado, un jardín o un parque cercano, para hacer lo que llaman "astronomía de observación", que no entusiasma sino a los aficionados (véase más adelante).  En las grandes ciudades, por impedirlo el resplandor de sus luces, no se podrá ver ciertas cosas, como la Via Láctea, y algunas constelaciones completas, por ser varias de sus estrellas demasiado tenues, pero es suficiente con las que se dejan identificar fácilmente para notar su movimiento y ver como cambian de orientación, dando botes, en una misma noche, o como aparecen unas y desaparecen otras en el transcurso del año. Ejemplos de las notorias son el enorme Escorpión, Orión, la Cruz del Sur, el Arquero (Sagitario) y la parte de la Osa Mayor que en inglés llaman "el Gran Cucharón" (Big Dipper), que es muy útil porque el par de estrellas más brillantes del conjunto, que son alfa y beta de la Osa Mayor y forman la parte delantera de la concavidad del Gran Cucharón, señala hacia la Estrella Polar.

Dichos botes serán lo más notable en la primera noche.  Eventualmente lo será, en segundo lugar, descubrir que las "estrellas fugaces", que no son estrellas, claro, no son un evento insólito.  Crece uno creyendo que estamos condenados casi todos a morir sin haber visto ni siquiera una larva de estrella fugaz, y es así, pero porque preferimos pasar toda la noche en cama.  Cuando por fin nos proponemos pasarlas encaramados en el tejado nos asombramos de las muchas que vemos pasar.  No es como para perder la cuenta en una misma sesión, pero sí puede ser más de una en una misma semana.  Si fuera cierto lo de los deseos, todo el que se trasnochara mirando el cielo vería pronto los suyos convertidos en hechos.

El problema de como ajustar la rutina diaria al nuevo hábito lo solucionará cada cual a su manera.  Puede ser fraccionando los períodos de sueño, durmiendo dos o tres horas, luego otras tantas en otro momento.  Tiene esto las ventajas de 1) convertir una sola jornada extenuante, maratónica, en dos, y de 2) duplicar la cosecha de sueños.  Lo segundo es casi como el cuento de los deseos porque todo sueño es la satisfacción de un deseo, como dice la escuela del sicoanálisis (cosa que no todos los expertos aceptan).     

Habiendo creado la costumbre lo asombroso resultará ser que, teniendo ese espectáculo a la mano (no se ha hablado de los satélites que cruzan el cielo en pocos segundos, ni de las lluvias de estrellas, que son anuales y de las que hay once principales…¡casi nada!), sean tan pocos los que quieran disfrutarlo, y que se mueran sin lamentarlo.  Transcurrido un año podrá uno orientarse en el cielo nocturno dando un solo vistazo, como los campesinos que madrugan a las 4 de la mañana a ordeñar y hablan de "las Tres Marías" .

Muchos prefieren restringirse a observar y no quieren saber nada de teorías ni de la física, la química y las matemáticas.  Yo asistí a un curso teórico básico en 1.985 en la sede de la Universidad Nacional de Colombia en la capital, en momentos en que era inminente otro paso del cometa de Halley, luego de una espera de 76 años. 

Esa vez fue una desilusión, por las posiciones relativas desfavorables de los tres cuerpos celestes involucrados (los otros dos: el Sol y la Tierra).  Cuando da espectáculo se lo puede ver de día.  No se justificaba salir a ver una manchita diminuta y entonces no fue nada lo que vi.  Sirve de consuelo que ya hayan transcurrido casi 30 de los 76 años, y que pronto descubrirán como hacer más lento el envejecimiento y podremos vivir 200 años o más.  Si no es así entonces no importa porque ahí están las tales "lluvias", que son más que mensuales y no cada tres cuartos de siglo.

Por un lado están los campesinos, que son como aficionados forzosos, y los aficionados por voluntad propia, que son en cambio un fenómeno urbano, y por el otro están los astrónomos profesionales, que se han hecho famosos por su desconocimiento del cielo de noche.  Pasan toda la vida investigando sin animarse nunca a mirar sus sujetos de estudio a través de un instrumento.  Les parecerá una pérdida de tiempo.  Nadie se los reprocha ya que para lo que deben hacer no es indispensable, normalmente, conocer dicho cielo en todos sus detalles.  Sí resulta insólito que los aficionados puedan recorrerlo como lo hacen con su propio vecindario.    

 

       

   

          

        

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